1 de septiembre de 2010

La vida es una moneda


Vuelto en los chinos: 50 centavos, un caramelo masticable de banana y un billete de 5 pesos

Debajo de la cama: 15 centavos, pelos de gato y hoja nº 654 del apunte de semiología

Cartera de mamá: 25 centavos y muchos MUCHOS papeles inservibles (plus:palito de la selva perdido)

Cartera del fin de semana: 0 centavos, un cigarrillo aplastado y una invitación a un recital

Mochila de la última vez que fui al colegio: chicle aplastado y prueba de TIC

Pantalón del fin de semana: 10 centavos (vamos, carajo!) y un boleto de colectivo

Monedero viejo de mamá: un pin subversivo, otro palito de la selva y un sugus gigante violeta (aplastados)

Kiosco de la esquina: un sermón sobre monedas, cara de orto, 2 pesos en monedas, y 3 pesos de caramelos para parecer que quiero realmente comprar algo

Conclusión: Me faltan 50 centavos para ir y volver de la facultad mañana, o sea que, de todas formas tendré que ir al banco

Mi premio: Caries, por los caramelos, y alergia por los pelos de gato.

Ah! Y odio al kiosquero.



¡¡AHÍ ESTÁN TODAS!!

10 de mayo de 2010

Crónicas de una mañana rompe bolas

Lejos de ser la peor, esta mañana tuve un incidente que me molestó de manera increíble, casi como cuando te queda trabado un pedazo de (inserte aquí comida random) en un diente, delante de personas que nunca te habían visto hacer las morisquetas correspondientes a la solución de dicho estancamiento gastronómico.

Quizás, yo me levanté sin ganas de soportar algo muy poco insoportable, es decir, me levanté intolerante.

Para las demás personas son muy comunes los incidentes con los benditos transportes públicos, pero yo debo tener mucha suerte y casi siempre me pasan cosas graciosas y dignas de contar con alegría cuando estoy en un colectivo. Por nombrar alguna, una vez presencié un show de tics arriba de un bondi línea 22. Hubo, durante el trayecto, afuera y adentro del vehículo, por lo menos a mi vista, 4 personas (desconocidas entre sí) con tics sumamente graciosos y sin lugar a duda, nunca vistos. (Bueno, por ahí exageré un poco).

Pero ésta vez fue distinto. Era mi deber abordar el tan querido 22, armatoste que nos transporta a nosotros, subversivos del conurbano, a las movidas y alarmantemente iluminadas tierras de la Capital. Este deber que debo cumplir casi todas las mañanas de la semana, no se aparece como un simple movimiento rutinario, sino que muchas veces, como suele pasar, se transforma en una odisea para muchos. A mi, no me toca en tal sentido, de hecho, al vivir tan cerca de la Terminal de dicha línea, casi siempre me subo al colectivo cuando este aún se encuentra medio vacío, y la gratificación de conseguir asiento es, para mi, un placer diario que para muchos es un dolor habitual.

Esta mañana conseguí un asiento solitario cerquita de la puerta, y decidida a sentarme a escuchar mi mp3 y quizás leer un poco, me acomodé la mochila sobre las piernas. Cuando, pasadas una cuadras, el colectivo hizo su primera parada para subir un pasajero, el súbito silencio del motor nos hizo a las pocas personitas recién despiertas que estábamos cada una en la suya, dirigir una mirada fulminante hacia el frente. Estoy segura que todos pensamos, aunque sea por un segundo, en lo tarde que íbamos a llegar a destino si el colectivo decidía dejar de andar. Esto no sucedió, el vehículo arrancó con pocas ganas y siguió su camino.

Cuando salí del estado de trance de mirar por la ventanilla, me decidí a prender mi mp3 para distraerme del hambre que solo se solucionaría con ese hermoso yogurt que más tarde compré; el aparatito, que siempre me llena de alegrías matutinas, ésta vez me falló. Caprichoso, el muy sucio, se apagó al grito de “Low Battery!” (sí, lo dice con signos de exclamación). Intenté una y otra vez sacando la pila, poniéndola, soplando el contacto, y nada…murió. Algo de mal humor y lanzando maldiciones a la tecnología, me decidí entonces a leer un poco mis apuntes. Apenas incliné la vista hacia abajo (sin prestar atención al mareo recurrente), sentí una picazón exagerada en un brazo…sí, señores, un mosquito marca Acme estaba festejando su cumpleaños con mi sangre. En ese momento, luego de matarlo a mano alzada (?), caí en la cuenta, de que no iba a ser una mañana común.

La mala suerte estaba tocándome el dedito gordo del pie, y aunque intenté pegarle una patada, con balde y todo, parecía querer quedarse: El motor del colectivo presentaba muerte súbita cada vez que frenaba, el conductor, digno de su mal humor, hacía un esfuerzo sideral para arrancar de nuevo en cada ocasión. Pasados los quince minutos de viaje, el micro volvió a pararse y el chofer dictó la sentencia en voz bien alta: “No, che, se murió, pasen al colectivo de atrás”. A lo que fervientemente una mujer pechugona contestó “Pero la puta madre!”. Los pasajeros nos amontonábamos cerca de la puerta de descenso con la esperanza de que en el 22 suplente que venía andando atrás, nos quedara un asiento libre y digno. “ILUSOS!” pensaba la gente que ya estaba acomodadita y orgullosa. (sí, se veía en sus caras)

Resignada, con hambre, con frío, con sueño y con pocas ganas de amontonarme y ser psicológicamente violada por un gordo pelado con chaleco a rombos, me apresuré a mirar el reloj para calcular si convenía esperar otro bondi o subirme a ese. El razonamiento fue: Faltan 15 minutos para que empiece la clase, y media hora para llegar a la facultad…MIERDA! Las cuentas no cerraban.

Exhausta por la decisión, me dediqué a mantener mi mente en blanco durante todo el viaje, aunque nunca podré olvidar, ni al gordo, ni las discusiones de los pasajeros, ni el volumen del auricular reggaetonero de una pobre muchacha, para lo cual la única explicación que encontré es que no había salido el fin de semana y necesitaba recuperar la cuota de música cachengue.

Llegada a la clase (tarde, por supuesto), yogurt en mano, dejo de prestarle atención al proceso de Peronización para recapitular la odisea. ¡Cuánta indignación exagerada!


Frutilla del postre: La clase duró 5 minutos más de lo que debería. 5 MINUTOS DE ORO.


Por suerte, en el viaje de vuelta las aguas estabas calmas.

Por suerte, llegué y la comida estaba hecha.

Por suerte, el pronóstico del resto de la tarde fue soleado y con pajaritos.


TOMÁ, mala suerte!




8 de marzo de 2010

Feliz Día
A TODAS LAS MUJERES TRABAJADORAS!

Las tardecitas de Quilmes tienen ese... qué se yo ¿viste?

No hace poco me di cuenta que, cuando uno vive en un lugar asi, es difícil salir a la calle y no recibir una sonrisa amiga, un conocido que te levanta la mano y piensa "mirá esta piba, hace cuánto que no la veia..." y sigue caminando, como si nada.
Es curioso, como a lo largo de mi joven vida, han pasado miles y miles de caras que hoy, son un borrador en algún cuaderno de secundaria, o un grafiti de los tantos de la pared de mi pieza.
Lejos estoy de un reproche, solamente una simple reflexión de cómo pasa el tiempo, cómo cambian las cosas, las personas, los paisajes, y lo divertido que es acordarse de todas esas cosas que uno hizo, a veces sin pensar, otras pensando demasido.

Pensar de nuevo, que los amigos de uno no eran los mismos a los 15 que a los 16 o a los 19, aunque siempre queden esos "mismos de siempre", tampoco vamos a ver las mismas caras cuando tengamos nuestros 30 cumpliditos.
Y va a pasar el tiempo, y nos vamos a ir olvidando y volviendo a acordar, y vamos a negar saludos, o recibir abrazos de caras lejanas.
Todo cuenta para hacer un teatro de vida que nosotros mismos vamos escribiendo con cientos de personajes.



¡Cuántos olvidados! o ¡demasiado recordados!
Curiosa es la cosa.



"Quereme así, piantao, piantao, piantao...
Trepate a esta ternura de locos que hay en mí,
ponete esta peluca de alondras, ¡y volá!

¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá, vení!"

(Más bla bla QUE NUNCA)

26 de febrero de 2010

Una expriencia religiosa

Ya no me acuerdo bien como “decidí” o “acepté” ir a catecismo, tomar la primera y segunda comunión. Muchas nenas lo hacen más que nada por la fantasía de parecer un angelito por un dia, elegir vestido con tu mamá, el peinado, la fiesta, etc. Otro pensamiento que se te cruza por la cabeza es la plata que te van a regalar por dar ese paso tan importante en la vida de un católico.

Porque, no seamos hipócritas, ¿qué nena de 9 años tiene verdadera fe en todo el asunto?

Yo elegí el vestido con mamá, lo diseñó y lo hizo mi tía abuela, como todos mis vestidos, me hice un peinado cholulo que por supuesto se me desarmó antes de llegar a la iglesia, hecho que se explica por el lacio de mi pelo, me imaginé el dia del evento y lo soñé con ansias. Me acuerdo haberla pasado muy bien en catecismo, porque tenía de compañero al que en su momento era mi mejor amigo, un pibe sin ningun drama para hacerte reir.



Llegado el dia, me acuerdo que me levanté bastante temprano, mi mamá empezó a peinarme y vestirme. Un rato después yo había quedado con un peinado maravilloso, una camiseta blanca que iba por debajo del vestido, bombacha y medibachas blancas, y por supuesto, los benditos zapatos. Asi estaba, a medio vestir, cuando mamá se dio cuenta de que mi hermano y mi papá apenas estaban despiertos. Tenía que ocuparse de ellos, y yo…tenía que hacer tiempo.

Hacía poquito que había aprendido a andar en bicicleta, y bastante tarde era en mi vida para ello, entonces, tenía que aprovecharlo siempre que pudiera. En ese momento no se me ocurrió mejor idea que agarrar mi bici playera gris, y dar unas cuantas vueltas por el fondo de casa. Así, a medio v

estir de princesita.



Por supuesto, como era de esperarse, cuando mamá me vio, puso el grito en el cielo.

Por suerte nada se manchó, pero yo me había portado mal.

El recuerdo más marcado que tengo de mi primera comunión, es haber llegado a la Iglesia, con unas estresantes ganas de seguir andando en bici. Por suerte ahí estaba Lucas, que remediaba todo mal humor. Hoy, atea y sin pudor, me rio del asunto.


Es bastante curioso, como desde chicos nos vemos obligados a hacer ciertas cosas en ciertos momentos, en vez de otras que nos llaman más al placer.


Primero es la escuela, quizás el cumpleaños aburrido de algun pariente lejano, inglés particular, hacer tiempo en reuniones de padres, irte a dormir a la casa de Tia equis. Ahora de grandes, sigue siendo la escuela, a veces la facultad, un trabajo mal pago, una reunión con tus suegros.

Siempre hay momentos en los que nos gustaría estar haciendo otra cosa, quizás algo tan simple como reirse mirando la tele, o abrazar a un amigo por el simple hecho de que lo es.


Tarde o temprano, uno cae en la cuenta de que a veces, hay que escucharlos menos, y escucharse más.

16 de noviembre de 2009

Te pasaste de era...

Momentos críticos:

Esos tiempos en los que te das cuenta que estás un poquito más grande, aun cuando la cantidad de años que te avejentan sea muy pequeña o la esbeltez de tu cuerpo esté intacta. Llegás al final del día y te duelen los pies, y ni te acordás de cuando te parecía tremendamente lejano decir "no chicas, mañana tengo un parcial".
A veces hasta decís... "no gracias, me va a caer pesado", o se te escapa un "prefiero cenar con mi vieja y quedarme viendo alguna cosita en la tele". Ya estás al horno con papas y bastante condimento.
Desde chiquitos no podemos esperar al momento de ser grandes, que la gente nos mire con otros ojos. Hoy en dia vivimos esperando un momento de regresión, nos encanta tomar cerveza y hablar de los dibujitos que veiamos cuando eramos chicos, o de las guachadas que nos mandamos en nuestras epocas de pubertad.
Ahora, con un pie en la adolescencia y un dedito en la adultez, nos queda el resto del cuerpo que merodea por las habitaciones de un castillo interminable de decisiones, caidas y experiencias.
Qué curiosos nosotros, que no aceptamos lo más natural que existe...el paso del tiempo.
El otro día, sin ir mas lejos, estaba charlando tranquila y se me escapó una frase que explica la anterior reflexión ... "Eso pasó hace poco...5 años mas o menos."
Cinco años solía ser muchisimo, o no?

Llevarte un vaso a la cama, hablar de drogas con adultos, avisarle a tus viejos algo sin que te hayan preguntado, etc etc etc...estás vieja/o.



Pero sabemos bien. Son cosas que pasan. (y tienen que pasar)